Calor
- Déme media docena de lonchas de Sol cortadas bien finitas.
- ¿Estación?
- Verano.
- ¿Mañanero?
- Por favor.
- El Sol de verano no le aguantará mucho en la despensa.
- No se inquiete, sólo quiero congelarlo.
En un peligroso mundo de palabras con demasiados significados.
- Déme media docena de lonchas de Sol cortadas bien finitas.
Preparando mi tupper de parabienes para volver al trabajo, no, no a este trabajo, que si fuera a éste ya me habrían despedido hace tiempo digo yo, o me habría despedido yo mismo propiamente dicho, o es que quizá ya me despedió el pepito grillo que viaja conmigo sobre el cogote, sino al otro trabajo, no se pierdan entre tanta verborrea que a veces dan ganas de bajarse del tren en marcha y decir au revoir no estudié en el liceo francés pero mi padre SÍ y me enseñó a sobrevivir en la campiña de burdeos con au revoir y pomme de terre, decía el otro trabajo, no éste, simplificando, el trabajo de VERDAD, entendiendo como la verdad el punto medio entre mis ingresos anuales y los liftings faciales de tanto entusiasmo al sentarme en la silla y precipitar un gracias a dios estamos vivos pese a todos los seres licántropos que esquivas en los ferrocarriles, todos parecen decirte he dormido muy mal porque gargamel acosaba mi cama y no he podido pegar ojo, que alguien salve a los niños de todos los gargameles y capitanes garfio del mundo libre, y que alguien salve a los niños de los últimos estrenos de telecinco, esa gran red de pezqueñines que no debes comer o acabarán siendo primer plato del gran glotón y primer sultán de la modorra unicelular, pero, sobre todo sobre todo, que alguien salve a los niños del repugnante gobierno birmano que ese sí encarna el golden gate de todas las miserias humanas.
Se abre una vieja herida.
- ¿Su novio padecía de halitosis? Halitosis, mal de aliento.
- Qué tiene que ver eso, él se estaba ahogando.
- Sí, es que, mire, alguien que acostumbra a callarse muchas cosas, tiene mal aliento. Las palabras se quedan a medio salir, y con el tiempo se pudren. De hecho incluso a veces se infectan. A ver, pero vaya, lo más normal es que sólo huelan mal. En muchos casos la halitosis es debido a eso.
- No le entiendo.
- Su novio se ha atragantado con sus propias palabras, ocurre a veces, las palabras son grandes y feas y se quedan aferradas a la garganta, y, y entonces, te falta el aire. Le hemos hecho una traquiotomia y le vamos a operar.
- Estábamos discutiendo.
- Ya imagino.
- ¿Su familia?
- No estan aquí, estan en Huesca, les he llamado. Aquí sólo estoy yo.
- ¿Llevaban mucho tiempo juntos?
- 13 años
- Bueno, haremos todo lo que podamos, el doctor es muy bueno, está en muy buenas manos.
- Ya, pero lo tiene muy difícil no?
Cierto día, zumbaba una nube de moscas alrededor de una cola de vaca.
Preguntábanse sobre los propósitos para el nuevo año, asfixiadas por la grandiosidad de la tarea. Mirábanse con sus 18 mil hexágonos las unas a las otras, estrábicas por la angustia de tener que decidir cuáles serían los motores vitales del nuevo año.
- ¡Las moscas somos pequeñas, los própositos son grandes!, se quejaba una.
Sí, pareciera que la palabra intimidaba a las moscas. Cada letra pesaba como una solemne promesa. El aire está hecho para las moscas, las losas no.
- ¿Aletear es un propóstio? preguntaba aterrada otra.
Pues, aletear no era un propósito. Los propóstios son más serios, trascendentes y voluntariosos. Titánico se empareja con propósito. Sacrificio se relaciona con propósito. Esfuerzo también. Aletear, en absoluto. En suma, propósito era una palabra espantosa.
Acaso se debiese a la naturaleza de la propia palabra. Nótese que "propósito" es término esdrújulo. Y la mayor parte de palabras esdrújulas son gigantescas, salvedad hecha de "clítoris".
No es casual que los superlativos sean esdrújulos.
Las moscas se enfrentaban a un significado kingkonguesco. Veíanse sinceramente incapaces de aguantar el peso del futuro sobre sus chicas espaldas.
- ¡Esperad compañeras, tengo una solución!, gritó exultante una.
Revoloteando de excitación, la mosca que había pedido la palabra planteaba la cuestión de tal guisa: mover la tilde de la palabra "propósito" una sílaba a la derecha, hasta tornarse "proposito", cual diminutivo.
Al repetirlo mentalmente, las moscas sintieron inmediatamente gran alivio en su pecho. Era, en efecto, una palabra amistosa. Los grandes proyectos, los grandes objetivos, las aspiraciones a largo plazo se difuminaron mágicamente en caprichitos, antojos ligeros y cosquillas desenfadadas que levantaron el vuelo de nuestras revitalizadas moscas.
Los propositos cabían en un bolsillo, se podían prestar como las canicas, guardar en una estantería, inflar como los globos y soltar como una peonza.
Ya nunca, jamás de los jamases, les darían miedo.
Yo pongo la letra y tú la música: